Mostrando entradas con la etiqueta opinión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta opinión. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de agosto de 2010

Reconciliación, alborada del día nuevo

Las últimas cuatro décadas han sido las más violentas que ha vivido nuestro país. No se sabe cuánto tiempo durará la actual situación pero hace abrigar la esperanza que terminará para dar paso a una nueva época, aun cuando no se sabe con exactitud en qué consistirá.
Este vivir entre dos momentos llega a provocar en ocasiones una sacudida de las conciencias, que obliga a reflexionar sobre quiénes hemos llegado a ser. Esta es por sí sola una gran tarea durante estas décadas bañadas en sangre que vivimos. Para que el paso de una época violenta a una diferente se produzca es importante analizar cómo se vive ese paso.

El primer impulso suele ser el de imaginar la superación de la violencia y del sufrimiento como una vuelta al estado previo al ejercicio de la violencia. Pero tal cosa no es posible. Y no solamente porque el paso del tiempo ha modificado las condiciones objetivas de vida, sino porque la experiencia de la violencia y el sufrimiento cambia a las personas de manera irrevocable, al punto que resulta imposible recuperar el pasado.

Los momentos de violencia y paz se alternan creando ciclos, pero ciclos de una espiral que al cerrarse traslada a un punto nuevo. Al no ser los mismos ningún regreso puede ser un verdadero retorno: siempre arribamos a algún lugar diferente. Quienes se vieron atrapados por la guerra y quienes experimentaron los dolores de la violencia no podrán recuperar su estado anterior de tranquilidad. Las cosas han adquirido un nuevo sentido y significado.

La violencia ha sido un aspecto tan consustancial de las últimas décadas que imaginar y construir un nuevo y más justo país exige saber convivir con la memoria del dolor, quizá reprimida, pero capaz, sin duda, de aflorar una vez más para llenar de angustia el presente. El camino hacia un nuevo tiempo no es más fácil porque se ignore o se reprima la memoria de los hechos violentos; de hecho, no querer recordar lo sucedido conduce a idear nuevas maneras de continuar la violencia.

El reto consiste en saber asumir las responsabilidades de la violencia y los sufrimientos experimentados, para poder construir sobre bases nuevas una sociedad capaz de superar su agresividad y caminar hacia una paz justa. Restablecer la concordia resulta complicado por varios factores, entre los cuales destaca el hecho de que algunos de los implicados en hechos demenciales de violencia no son conscientes de haber actuado erróneamente y, por lo mismo, no sienten la menor necesidad de reconciliación.

Como cristianos, no podemos permanecer ante esta situación sin hacer nada, vencidos por la impotencia. El mensaje de Jesús tiene mucho que aportar a la construcción de una sociedad nueva. Los cristianos, habiendo experimentado la reconciliación con Dios, deberían entender mucho de la necesidad de afrontar con franqueza la violencia y el sufrimiento.

El deseo de comprender lo que implica la reconciliación y cuáles son los compromisos que supone para las iglesias ser agentes de reconciliación, debe ser motivado por el deseo de profundizar en la comprensión del núcleo del mensaje cristiano: nuestra liberación del pecado y el don de la vida nueva que Dios promete. La esperanza y el anticipo de esa vida es la razón de ser de la iglesia en medio de una sociedad dominada por un grado tan elevado de violencia. La reflexión se torna, entonces, sobre el papel que a cristianos comprometidos les corresponde en este tiempo y en este paso de una época a otra, para hacer posible que ella verdaderamente llegue y llegue para ser el nuevo día que todos anhelamos.


Mario Vega
Pastor general de la misión cristiana Elim

Tomado de la página Web de El Diario de Hoy

jueves, 17 de junio de 2010

El compromiso cristiano ante la corrupción

La sociedad no es sólo la suma total de sus miembros sino que también consiste en una compleja red de relaciones interpersonales, culturales y económicas. Esta red determina la vida e influye en los valores que las personas adoptan. A dichas redes se las denomina estructuras y se distinguen de las instituciones por ser poderes invisibles. Son a la sociedad lo que la mente es al cuerpo: el control lógico de su conducta.

Una de esas estructuras es la corrupción de Estado. Las estructuras de corrupción producen problemas complejos para los cuales parece no haber solución. Dado que la corrupción influencia negativamente la sociedad entera y deja infinidad de víctimas año tras año, década tras década, resulta ser una expresión del mal y del pecado.

Si el cristiano es llamado a ser luz del mundo, no podrá evadir su responsabilidad de luchar por la erradicación del mal, el cual, no solamente existe en los individuos sino también en los papeles políticos y sociales. Ya en plena Reforma, Juan Calvino se refirió a la necesidad que tienen los cristianos de involucrarse para traer nuevas esperanzas a un sistema viciado de corrupción.

Pero el cristiano no sólo es llamado a ser luz del mundo sino también sal. La sal no puede cumplir su cometido a menos que se mezcle con aquello que necesita ser salado. Esta elevada vocación del cristiano demanda mucha valentía. La misma valentía de Jesús frente a las prácticas corruptas que se daban en el templo y que habían convertido la casa de oración en una cueva de ladrones.

Cuando las estructuras de corrupción son señaladas y denunciadas reaccionan con violencia. Es paradójico que quienes atacan la corrupción se convierten en perseguidos por la 'justicia'. En lugar de que la justicia se ocupe de su propósito: hacer justicia; más adora al ídolo de la corrupción, el cual, se muestra con las características de la divinidad: ultimidad, autojustificación, intocabilidad, ofreciendo salvación a sus adoradores aunque los deshumaniza exigiendo víctimas para subsistir.

Las estructuras de la corrupción son las que actuaron al crucificar a Jesús. Los religiosos y los políticos de la época se confabularon en su contra porque, en Jesús, se enfrentaron con alguien que no era esclavo de ningún poder, de ninguna ley o costumbre, de ninguna institución, de ninguna ambición. Jesús encarnaba una rectitud mayor que la de los fariseos y una visión de un orden de relaciones sociales justas que desafiaba a las impuestas por la Pax Romana.

Si el cristiano no solamente es llamado a creer en Jesús sino a seguirlo, el trato que le espera no será muy diferente al de su maestro. Y esa es la razón por la que se necesita fe verdadera y espiritualidad auténtica para hacer frente a esta forma de pecado. Esa espiritualidad sólo se obtiene sobre la base de una práctica sincera y constante de los valores del Reino de Dios. Entre esos valores se encuentra el rechazo a la codicia y al espíritu de lucro. Lo necesario debe ser suficiente.

'Ahora bien, la verdadera sumisión a Dios es una gran riqueza en sí misma cuando uno está contento con lo que tiene. Después de todo, no trajimos nada cuando vinimos a este mundo ni tampoco podremos llevarnos nada cuando lo dejemos. Así que, si tenemos ropa y comida, contentémonos con eso." 1 Timoteo 6:6-8. Dios ubica los criterios éticos por arriba de los bienes y de las riquezas. únicamente el cristiano que se rige por esa prioridad poseerá la espiritualidad que se requiere para mostrarse firme ante la seducción y la amenaza del poder estructural.


Mario Vega
Pastor General de la Misión Cristiana Elim.

Tomado de la página Web de El Diario de Hoy

Actividades Aspriel 2009